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sábado, 31 de marzo de 2012

Capítulo Uno

::Julia::

Me asomé a la ventana deseando ver una vez más mi adorada playa, con sus preciosos colores añil, sus destellos, sus olas y su espuma, y la arena, tan fina y dorada. Como la echaría de menos, y a mis hermanas, Laura y Blanca, de 14 y 25 años; a mis padres, a mis amigas. Esta vez tenía que admitirlo: tenía miedo. No sabía de dónde había sacado la idea de irme a estudiar fuera, y tan lejos. Al principio me había encantado eso de irme fuera, pero ahora no pensaba que fuese a ser capaz de afrontarlo sola. “Toc-toc”. Blanca estaba apoyada sobre la puerta abierta de mi dormitorio. En una mano agarraba las llaves de su coche y la otra descansaba en el aire.

-Es hora de irse, a menos que quieras volver a pensártelo.

-Ya no hay vuelta atrás.

Los ojos se me cerraban poco a poco, pero, en el momento de juntar los párpados por completo, me sobresaltaba y volvía a despertarme; jamás había conseguido dormir en un avión y esta no iba a ser la excepción, les tenía demasiado pánico. Por fin las ruedas chocaron contra el suelo y pude tranquilizarme, todo había terminado y estaba segura.

Después de otra larga hora conduciendo y otra cuarta subiendo por las escaleras hasta el ático, conseguí llegar a mi nuevo hogar. Mi modesto pisito consistía en una cocina, un salón, dos baños, un dormitorio, un vestidor y una terraza que me permitía ver toda la ciudad bajo mis pies. Las paredes de mi dormitorio eran de un bonito color turquesa, a juego con la colcha y los cojines. Sobre la cama había un gran corcho repleto de mis fotos favoritas que había seleccionado minuciosamente en mi anterior, y única, visita. En la pared contraria a la cama había un escritorio y junto a este un tocador. Frente a la cama estaba el vestidor con toda mi ropa ya instalada en él. Dejé mi ligera maleta de mano en el primer hueco que encontré y me dirigí al baño, necesitaba una ducha urgentemente. El agua caliente me relajó y llenó de nueva energía para dar una vuelta por el pueblo, visitar la universidad...

Por suerte bajar las escaleras no era tan pesado como subirlas y aún menos cuando te encuentras a un guapísimo vecino. Era alto, musculoso, con el pelo castaño claro y unos enormes ojos verdes. Iba vestido con unos pantalones cortos de deporte y una camiseta. Al escuchar mis pasos se giró y una fugaz sonrisa de perfectos dientes blancos apareció en su cara.

-Hey, ¡hola! No te he visto nunca... ¿vives aquí?

-Em...sí, vivo aquí desde...um... hace una hora y veinticinco minutos más o menos.

-En el ático supongo. Apuesto a que dentro de un par de semanas podrás hacer una maratón sin cansarte.

-Entonces voy a tener que cambiarte el piso, parece que subir escaleras no es un problema para ti.- Fue prácticamente imposible resistirme, cuando alguien tiene buen cuerpo no es malo decírselo ¿no? Rió y ese sonido armonioso inundó la habitación.- Bueno, me voy, pensaba ver un poco la ciudad.

-Cuando me necesites... Aquí estoy. Excepto si vienes a pedirme azúcar, mi despensa siempre está vacía.- Volvió a reír suavemente y esta vez le acompañé. Me llamo Mike, por cierto.

-Julia. Encantada.

Alrededor de una hora más tarde estaba completamente perdida. Vagabundeé por las calles hasta que al final llegué a una especie de parque. Varios niños jugaban en unos columpios mientras que sus respectivas madres charlaban y de vez en cuando giraban para comprobar que sus hijos seguían jugando. Una pareja coqueteaba bajo un árbol y algunas personas paseaban. Me senté en un banco a disfrutar del sol y a los pocos minutos se me cerraron los ojos. Pude notar como algo me tapaba el sol y al abrirlos me encontré con la atenta mirada de un chico. Tenía los ojos más negros y profundos que había visto en toda mi vida, totalmente a juego con su pelo y su camisa y pantalones, obviamente de marca las dos cosas.

-¿Podrías no taparme el sol?

-Podría... Si me dejases sentarme a tu lado.

-Es un país libre.- Se le iluminó la cara ante mi afirmativa y en un segundo ya estaba a mi lado.

-No eres de por aquí. Siento decirte que no pronuncias muy bien el inglés.

-Siento decirte que no me interesaba tu opinión. Ni siquiera sé que hago hablando contigo.- Me levanté decidida pero él me siguió.

-Vale, lo siento. ¿Dónde estarían mis modales?

-No lo sé. ¿Es qué existen?- Me giré, pero para mi sorpresa estaba más cerca de lo que yo creía.

-Chica dura... Las que más me gustan.- Su aliento me rozó la cara y por un segundo me dejó hipnotizada, luego se separó un poco aunque no lo suficiente para que dejase de notar su exquisita colonia. Me tendió la mano.- Damon Salvatore.

- Julia Serrano.

-Encantado. ¿Puedo preguntarte de dónde eres?

-Puedes. La pregunta es ¿te voy a responder?- Se acercó un poco a mí dejándome atontada.-Creo que sí...

-Lo imaginaba. ¿De dónde eres?

-De España.

-¿Y qué haces aquí, Julia?

-Vine a estudiar.

-Bien, eso significa que estarás aquí mucho tiempo, nos volveremos a ver.- Me guiñó el ojo de un modo que debería estar prohibido.

De repente su móvil sonó. Se apartó unos pasos y luego contestó. Mientras él hablaba logré darme cuenta de que era de noche y hora de volver a casa, tarea que no parecía nada fácil. Pareció darse cuenta de mi nerviosismo.

-¿Dónde vives? Yo te llevaré.

-Yo...Bueno, vale.

Me guió hasta un Ferrari negro, definitivamente el dinero no le faltaba. Me acomodé en el asiento del copiloto y le fui guiando por donde yo creía que llegaríamos a mi hogar. El coche frenó justo debajo de mi casa.

-¿Me invitarás a subir?

-Mmm...

-¿Por favor?- Puso una especie de cara de niño bueno que definitivamente me derritió.

-Espero que no te importe subir escaleras...

Una sonrisa apareció en su rostro.

-No es un problema.

Sin saber cómo demonios había podido aceptar ya estábamos en mi salón. Él tumbado en mi recién estrenado sofá y yo de pie, incómoda ante su desafiante mirada.

-¿Sabes? Es tu casa... Deberías sentarte.

-Yo... Creo que prefiero hacer otra cosa. ¿Quieres algo de beber?

-Mmm...¿Tienes whisky?

-No... Me acabo de mudar y en realidad solo tengo agua del grifo.

-¿Y tienes algún vecino que pueda tener whisky? ¿O alcohol?

-Puede...Pero me niego en ir a pedírselo.

-Dime el piso y yo iré.

-¿Qué? ¿Estás loco?

-No... De todas formas no me va a conocer.

-¿Y cuándo te pregunte en que casa estás?

-Le diré que en el ático... ¿No decías que acababas de llegar? No puede conocerte mucha gente.

-Él sí.

-Pues lo invitamos... ¡Vamos, dímelo!

-El quinto piso. Quinto izquierda.

Damon salió de mi piso dejándome pensar tranquila por primera vez en horas. ¿Qué hacia ese chico en mi casa? Aunque claro, es tan guapo... ¡Pero si no lo conoces de nada!

El timbre sonó y al abrir la puerta me encontré a Damon apoyado en el resquicio de la puerta con una botella en la mano y una sonrisa demasiado pícara.

-Qué empiece la fiesta...

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